Los vinos naranja no se hacen con naranjas. Se elaboran con uvas blancas fermentadas en contacto con sus hollejos, exactamente como se hace con las uvas tintas. Tres sumilleres de restaurantes británicos explican qué buscar en la botella, qué variedades definen el estilo y cuáles son sus recomendaciones para entrar a la categoría sin perderse.

James Clark, sumiller y propietario de Sotto en Edimburgo, resume el proceso con precisión: las uvas blancas se prensan y el mosto pasa tiempo en contacto con los hollejos y la pulpa, extrayendo color y taninos. El resultado es un vino que visualmente recuerda al ámbar o al naranja tostado y que en boca tiene una textura y estructura que el blanco convencional no tiene. La técnica tiene más de 8.000 años de historia documentada en Georgia, donde los viticultores fermentaban las uvas blancas con sus pieles en tinajas de arcilla enterradas llamadas qvevri. Su resurgimiento contemporáneo ha convertido al vino naranja de rareza de nicho a referencia habitual en las cartas de los mejores restaurantes europeos.
El color como primera guía de selección
Nell Watson, jefa de bebidas en Clipstone (Londres), ofrece el criterio más práctico para quien se enfrenta a una carta sin sumiller disponible: el color es proporcional al tiempo de maceración. Cuanto más intenso el tono naranja o ámbar, mayor ha sido el contacto con los hollejos y, en consecuencia, más taninos, más estructura y más complejidad. Para una primera experiencia, un tono naranja pálido indica maceración corta y un perfil más fresco y accesible. También existen los que Watson llama «vinos naranja encubiertos»: botellas que parecen blancos en el color pero ofrecen más textura y grip en boca por el contacto breve con las pieles.
Remi Cousin, sumiller jefe de Wild en Berkhamsted, propone una capa adicional de análisis: mirar la procedencia y el productor antes que cualquier otra cosa, seguido de la variedad de uva. Esos dos datos determinan el perfil de fruta, la textura y la concentración. En los vinos blancos, la variedad es el primer filtro de selección; en los vinos naranja, la variedad más el tiempo de maceración definen todo lo que llega a la copa.
Las variedades que marcan el estilo
Clark distingue dos grandes familias de expresión. Las uvas aromáticas como Gewürztraminer o Malvasia producen vinos naranja de perfil intensamente floral y especiado, con gran presencia aromática. La Ribolla Gialla, variedad del Friuli italiano y del Collio esloveno, tiende a expresiones más minerales y sabrosas con menos protagonismo aromático y más estructura tánica. El Pinot Gris alsaciano y el Grecanico siciliano son otras variedades frecuentes en la categoría, con perfiles que van desde la cáscara de cítricos y la almendra hasta el albaricoque y los pétalos de rosa.
Lo que el vino naranja no es
El error más habitual es confundir vino naranja con vino natural. Clark aclara que son categorías distintas que solo se solapan parcialmente: el vino natural enfatiza el respeto al entorno del viñedo y la mínima intervención enológica, mientras que el vino naranja es simplemente un método de vinificación. Hay vinos naranja convencionales y vinos naranja naturales; la maceración de los hollejos no implica nada sobre el uso de sulfitos, levaduras comerciales o la filosofía del productor. Confundir los términos lleva a expectativas incorrectas sobre el vino que hay en la botella. La categoría también acumula algunos mitos sobre el vino que conviene revisar antes de juzgar el estilo por su reputación.
Tres recomendaciones de sumiller
Cousin señala el Joseph Cattin Pinot Gris ‘Orange’ 2024, de Alsacia (£17,99), como punto de entrada ideal: delicado pero expresivo, con notas de albaricoque, cáscara de naranja y pétalos de rosa equilibrados por una textura suave. El maridaje que propone es pan plano de cordero con menta. Clark apuesta por el extremo opuesto de la escala: Gravner Ribolla Gialla 2016, de Friuli Venezia Giulia (£135), envejecido en qvevri georgianos, profundamente complejo y estructurado, pensado para risotto de achicoria y para bebedores que quieren entender qué puede ser el vino naranja en su máxima expresión. Watson recomienda Cantina Marilina ‘Sketta’ 2019, de Sicilia (£15), elaborado con Grecanico, con notas de cáscara de limón y almendras y un acabado textural suave que lo convierte en una excelente introducción sin que el precio sea un obstáculo.
Preguntas frecuentes
¿Qué es un vino naranja y cómo se elabora?
Un vino naranja se elabora con uvas blancas fermentadas en contacto con sus hollejos, semillas y a veces tallos, exactamente como se hace con las uvas tintas. Ese contacto extrae taninos y pigmentos que dan al vino su color ámbar o naranja característico y una textura que el vino blanco convencional no tiene. La técnica tiene más de 8.000 años de historia en Georgia.
¿Cómo sé si un vino naranja va a ser suave o potente antes de comprarlo?
El color es la pista más práctica. Cuanto más intenso el tono naranja o ámbar, mayor ha sido el tiempo de maceración con los hollejos y, en consecuencia, más taninos y más estructura. Para una primera experiencia, busca un tono naranja pálido, que indica maceración corta y un perfil más fresco y accesible.
¿El vino naranja es lo mismo que el vino natural?
No. El vino naranja es un método de vinificación: uvas blancas fermentadas con sus hollejos. El vino natural hace referencia a una filosofía de mínima intervención en el viñedo y la bodega. Hay vinos naranja convencionales y vinos naranja naturales; los términos se solapan solo parcialmente y confundirlos genera expectativas incorrectas sobre el vino.
¿Con qué comida marida bien el vino naranja?
La estructura tánica del vino naranja lo hace versátil con platos que normalmente necesitan vino tinto: risotto, carnes blancas, quesos curados, hongos y platos de pasta. Los naranja más ligeros y frescos funcionan con pescados a la parrilla, ensaladas y platos mediterráneos. La regla general es que a más tiempo de maceración y más taninos, más aguanta la complejidad del plato.
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