Ocho botellas de Château d’Yquem de los años 1892 y 1896 han sido restauradas tras décadas ocultas bajo el suelo de una capilla del castillo de Bečov nad Teplou, en la República Checa. Las botellas formaban parte de una colección de 136 piezas escondidas por la familia noble Beaufort-Spontin cuando huyó de Checoslovaquia al final de la Segunda Guerra Mundial bajo la sospecha de haber colaborado con los nazis. El vino sobrevivió la posguerra, la era comunista y cuatro décadas más de olvido hasta que el bodeguero galo viajó hasta el castillo para devolverle la vida.

Una colección enterrada con las reliquias de un santo
La historia de estas botellas comienza al final de la Segunda Guerra Mundial. La familia Beaufort-Spontin, propietaria del castillo de Bečov nad Teplou, en el oeste de la República Checa, abandonó precipitadamente el país al acabar el conflicto cuando las autoridades les acusaron de haber colaborado con la ocupación nazi. Antes de marcharse, ocultaron sus bienes más preciados bajo el suelo de la capilla del castillo. Entre esos bienes estaba la colección de vinos y también el Relicario de San Mauro, una de las joyas del arte medieval europeo que, según la tradición, contiene los huesos de San Juan Bautista.
Los objetos permanecieron escondidos hasta 1984, cuando la familia encargó a un empresario estadounidense, Danny Douglas, que recuperara el vino de forma discreta. Durante los trámites necesarios, la policía secreta comunista detectó lo que Douglas buscaba. La intervención de las autoridades llevó al descubrimiento de toda la colección: 136 botellas de vino y coñac, entre ellas las ocho de Château d’Yquem, un jerez Pedro Ximénez de 1899 y un oporto de 1892. El relicario fue trasladado de inmediato a Praga para su restauración y regresó al castillo en 2002. El vino, en cambio, fue dejado donde estaba durante décadas más.
Château d’Yquem recupera sus botellas
Hace aproximadamente diez años comenzó la operación de rescate de los vinos. Château d’Yquem, la bodega de Sauternes que los produjo a finales del siglo XIX, asumió el cuidado de sus ocho botellas. El maestro bodeguero Toni El Khawand viajó hasta Bečov para evaluar el estado de las piezas. Las pruebas de laboratorio confirmaron la autenticidad del vino, lo que permitió a la bodega iniciar el proceso de reacondicionamiento: sustitución de corchos, colocación de cápsulas de protección y, cuando la oxidación fue inevitable al abrir las botellas, reembotellado del contenido. El proceso implicó cierta pérdida de líquido, y solo cinco de las ocho botellas originales pudieron devolverse completas al castillo.
El Khawand describió la cata como una experiencia mágica. Las notas que identificó en el vino incluyen cedro, fruta deshidratada, azafrán, canela, nuez moscada, chocolate, café, moca y oud, aromas que el bodeguero calificó como típicos de un Château d’Yquem de esa edad. Lo que más le sorprendió fue la frescura: el vino, que ha sobrevivido gracias a su elevado contenido en azúcar, mostró una acidez viva y un equilibrio en boca que no correspondía a lo que cabría esperar de una botella elaborada hace 130 años. El Khawand se negó a dar una valoración económica de las piezas y prefirió hablar de memoria líquida, una descripción que resume mejor que cualquier cifra lo que representan estas botellas. El Instituto Nacional de Patrimonio checo estima que la colección completa podría alcanzar unos 5 millones de dólares en subasta, aunque ninguna de las partes tiene intención de venderla.
El castillo, la exhibición y lo que queda por analizar
Las botellas restauradas se presentaron públicamente el 1 de junio de 2026 en el propio castillo de Bečov. La gestora de colecciones del conjunto, Katerina Nyvltova, explicó que el plan es crear una exposición permanente con todas las piezas de la colección que aún contienen líquido. El castillo ha iniciado una campaña de financiación para ese proyecto y Nyvltova señaló que si se consiguen los fondos se llevará a cabo un análisis más detallado de los demás vinos y, si es posible, se reacondicionarán el resto. La colección es un caso sin precedentes de conservación involuntaria: el castillo checo actuó, sin saberlo, como depósito durante casi un siglo para una de las bodegas más reputadas del mundo. En términos de longevidad en condiciones adversas se acerca a lo que supone el rescate del vino nabateo de Avdat, aunque aquí el material era el líquido mismo y no las semillas.
La presentación llegó pocos días después de que el gobierno georgiano anunciara el descubrimiento de un depósito de 20.000 botellas raras vinculadas a Napoleón Bonaparte y a Stalin, lo que convierte junio de 2026 en un mes inusualmente prolífico para los hallazgos vinícolas históricos. En ambos casos, el valor arqueológico de las bebidas fermentadas como documento histórico supera con creces el precio que podrían alcanzar en el mercado.
Preguntas frecuentes
¿Cómo llegó el Château d’Yquem al castillo de Bečov?
Las botellas pertenecían a la familia noble Beaufort-Spontin, propietaria del castillo. Al acabar la Segunda Guerra Mundial, la familia huyó de Checoslovaquia acusada de colaborar con los nazis y escondió sus bienes más valiosos, incluyendo la colección de vinos, bajo el suelo de la capilla del castillo, donde permanecieron hasta su descubrimiento en 1984.
¿Cómo se conservó el vino durante 130 años?
El Château d’Yquem es un vino de Sauternes con un elevado contenido en azúcar residual, lo que actúa como conservante natural. Ese factor, combinado con las condiciones de temperatura y oscuridad bajo el suelo de la capilla, permitió que el vino mantuviera su integridad aromática y su equilibrio en boca, según el maestro bodeguero Toni El Khawand, que lo describió como sorprendentemente fresco.
¿Cuánto vale la colección de Bečov?
El Instituto Nacional de Patrimonio checo estima que la colección completa, que incluye 136 botellas de vino y coñac, podría alcanzar unos 5 millones de dólares si se vendiera en subasta. Sin embargo, el castillo no tiene intención de venderla y planea crear una exposición permanente con las piezas.
¿Qué más había escondido junto al vino?
Junto a las botellas estaba el Relicario de San Mauro, una de las joyas del arte medieval europeo que, según la tradición, contiene los huesos de San Juan Bautista. El relicario fue restaurado en Praga y regresó al castillo en 2002. El vino tuvo que esperar décadas más antes de ser objeto de atención.
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